El Gran Error de George Bush (entre otros)

Bush y el Partido Republicano están metidos en un berenjenal. El sueño de Karl Rove, el estratega de Bush, de consolidar en unos años una supremacía republicana incontestada parece haber tenido el mismo destino que la chamba de Rove: el basurero de la historia. Los republicanos más optimistas piensan que Estados Unidos está entrando en una etapa donde ni republicanos ni demócratas tendrán la capacidad de dominar la vida política por un periodo prolongado: un limbo político donde nada es seguro. Los pesimistas tienen la certeza de que sólo un error garrafal impedirá a los demócratas tomar la Presidencia en el 2008.
En el centro de la debacle, el Presidente Bush sigue intentando defender su administración por todos los medios a su alcance. A mediados de agosto, el Presidente centró su atención en Iraq, el más garrafal y visible de sus errores, por varias razones. En septiembre, el Congreso recibirá al general David Petraeus -encargado de las operaciones estadounidenses en Iraq- en un ambiente tan negativo que aun senadores republicanos como John Warner, la voz más influyente en el Senado en asuntos militares, han empezado a hablar de la necesidad de iniciar la retirada gradual de tropas. Y hace días salió a la luz el informe de Inteligencia Nacional (NIE) que estableció sin mayor preámbulo que el gobierno iraquí está muy lejos de consolidarse como una entidad eficaz y, más grave aún, que las tropas norteamericanas ampliadas han mejorado la seguridad en algunas zonas, pero han sido incapaces de modificar la situación estratégica en Iraq. Tanto las milicias chiitas como sunitas han conservado su poderío y su capacidad de desestabilizar al país.
A Bush no se le ocurrió una respuesta mejor que recurrir a darles clases de historia a sus críticos. En un discurso reciente, afirmó que hablar de una retirada de Iraq tenía ecos de Vietnam, donde la salida norteamericana permitió el genocidio que destruyó Cambodia en los años 70. Los paralelismos históricos en boca de un político son siempre sospechosos. Su traza responde a una finalidad política -justificar una estrategia o medida- y son, en consecuencia, viciados, tendenciosos o simplemente falsos.
Más allá del hecho de que, a contracorriente de lo que Bush afirmó, uno de los factores que abrió las puertas a Pol Pot fue precisamente la inestabilidad que causó la intervención de Estados Unidos en Vietnam, a Bush le salió el tiro por la culata. El Presidente invocó la guerra de Vietnam para justificar la permanencia de sus tropas en Iraq: todos entendieron lo contrario. Muchos interpretaron el paralelismo de Iraq con la guerra más impopular de la historia de Estados Unidos como un reconocimiento tácito de que el país puede sumar Iraq a la lista de derrotas militares que encabeza Vietnam. Por lo demás, Bush evitó mencionar muchos otros paralelismos entre los dos conflictos, más reales y precisos, porque, o no los conoce, o contradicen su objetivo. Son paralelismos que invitarían a Washington a salir corriendo de Iraq.
La intervención de Estados Unidos en Vietnam estuvo montada en una cadena de mentiras iguales a la supuesta búsqueda de las armas químicas y biológicas de Saddam que el "mundo libre" debía destruir. Lyndon Johnson partió de la base de que el comunismo en el sudeste de Asia era un movimiento unificado, y que en Vietnam, el mismo "mundo libre" enfrentaba un plan chino premeditado y perfectamente coordinado, cuya vanguardia eran Vietnam del Norte y el Viet Cong. Johnson recurrió también a los paralelismos históricos y afirmó que cualquier concesión en Vietnam equivaldría a repetir el error de Munich en 1938 (donde los británicos le regalaron Checoslovaquia a Hitler) e invitaría a más agresiones de China.
George Bush hizo a un lado los múltiples llamados de quienes, aun creyendo que Hussein era una amenaza para la paz, le advirtieron que la composición religiosa y étnica de Iraq podría balcanizar al país, dar mayor poder a los chiitas -y con ellos al régimen teocrático iraní- y fuerza a los kurdos, provocando tensiones con Turquía, un aliado estratégico de Washington. Lyndon Johnson, por su parte, pasó por encima de quienes dudaban -con razón- que la China de Mao tuviera la fuerza para imponer una estrategia de expansión global y la capacidad para convertir a los vietnamitas en sus marionetas. Hizo a un lado a los realistas que definieron el conflicto como lo que era -una guerra civil entre vietnamitas- y al único paralelismo posible que podía predecir lo que Washington enfrentaría: la retirada francesa de Vietnam en 1954.
En un último paralelismo involuntario con Vietnam, Bush ha cometido el mismo error que Lyndon Johnson: suponer que las fuerzas que se oponen a la presencia norteamericana en Iraq se quedarán paralizadas mientras Washington multiplica el número de tropas en el país. Vietnam demostró la falsedad de esa premisa. A una escalada norteamericana, los vietnamitas respondían con una contraescalada que ampliaba el conflicto, el número de víctimas y alejaba la posibilidad de ganar la guerra. Exactamente lo mismo que está sucediendo ahora en Iraq.
Lo que parece indudable es que la guerra iraquí de George Bush pasará a la historia como paradigma de cómo una intervención militar sustentada en mitos y falsedades puede convertirse en un callejón sin salida. Washington enfrenta tres alternativas imposibles: mantener la misma estrategia, y presenciar el deterioro lento pero continuado de la situación iraquí; emprender una retirada gradual que aceleraría el caos interno, o abandonar Iraq a su suerte.

 

Los republicanos más optimistas piensan que Estados Unidos está entrando en una etapa donde ni republicanos ni demócratas tendrán la capacidad de dominar la vida política por un periodo prolongado.

 
 
                       
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